Allá, a lo lejos


“Es curioso que la vida, cuanto más vacía, más pesa.”

León Daudí


Hay una historia de Stephen King, que en realidad es un cuento corto, donde los humanos habitamos un mundo utópico en el que la humanidad ha colonizado de forma gloriosa la totalidad del sistema solar. (Prometo dejar a usted, asiduo lector, un enlace a dicha obra al final del texto).

Pero como la historia es escrita por el señor de Maine y no por Douglas Adams, pues hay una componente bastante oscura y aberrante en todo el asunto. Puntualmente, en los traslados desde la tierra a otros planetas.


Porque resulta que aquella humanidad lleva tres siglos pasándose a Einstein por el arco y para viajar distancias inconmensurables, en lugar de jugar carreras con la luz, se inventó nada menos que la teleportación.

Pero viene con un costo: El viaje al ser teleportado ha de hacerse estando totalmente inconsciente; anestesiado, pues. Esto por dos razones: La primera es que la mente, al verse despojada del cuerpo se trastorna irreversiblemente. La segunda, es que para el teleportado, así como para los que asisten a citas en oficinas del SAT, el tiempo se distorsiona y se alarga de forma infinita.

A ojos de un espectador externo la teleportación es instantánea, sin embargo el teleportado atraviesa de manera inconsciente océanos de tiempo, habitando millones de años un limbo sin cuerpo al que aferrarse. De ahí que el viaje tenga que hacerse dormido: en los sueños el tiempo no es lineal. Es por eso que quienes han intentado teleportarse estando despiertos, salen por la otra puerta aullando, gritando incoherencias, mordiéndose compulsivamente o arrancándose los ojos para después morir en el acto.


Así como en esta bonita historia del señor King, para muchos de nosotros, el tiempo atraviesa por curvas que parecen dilatarlo hasta lo grotesco cuando nos trasladamos de un punto a otro en varias ciudades del país. Es algo que a veces preferiríamos hacer estando inconscientes (caray, hay países donde la gente lo hace normalmente).

No voy a contar a usted el final de aquella historia por si se anima a leerla, pero sirva como introducción al tema que nos trae aquí hoy: desplazamientos diarios, el no tan reciente fenómeno del trabajo remoto y los océanos de tiempo que los separan.


Camino a casa después de una entrega. / Fotografía: Kirainet

Un día en la vida


Llegando apenas a Ciudad de México, corrían mis primeros días de trabajo y desvelos en conocido taller de proyectos; y se nos ocurrió ¿por qué no? la idea de salir a buscar tacos durante la madrugada.

Subimos al auto de uno de nosotros, y como es normal en esta ciudad, nos atrapó una ola de tráfico vehicular.

Pero eran las 2:00 a.m.

En 40 minutos recorrimos tres kilómetros. Quedé sorprendido. Leonardo, que iba manejando, dijo: "Esta es la única pinche ciudad donde hay tráfico a las dos de la mañana".


No sé si sea la única, pero así como me ocurrió a mí, las personas que llegan a nuestro taller (en CdMX) desde cualquier otro lugar del país, quedan impresionadas por el tiempo que toma moverse a través de la urbe. Se horrorizan cuando escuchan que el traslado desde sus departamentos al taller, podría tomarles hasta dos horas.


Y no son dos horas en las que se podría leer sosegadamente un libro, porque esas dos horas van acompañadas de un tango que se baila en distintos vehículos.

Mire usted, hay quien despierta para caminar quince minutos hasta una avenida y abordar (o ir colgado de) un microbús que le llevará hasta una estación de metro. Allí viajará untado de serosidad ajena, para luego transbordar a otra línea diferente de metro y repetir el chapuzón de humanidad. Después de interminables niveles de escaleras eléctricas, que ocasionalmente no funcionan, emergerá de la tierra como Lázaro: confundido y apestoso. Y tomará un metrobús (u otro microbús) que lo llevará a unas calles cerca de su destino laboral, donde caminará los últimos 10 minutos.


Todo ello, si se cuenta con un lugar para vivir dentro de la ciudad, porque si la persona en cuestión vive en la descomunal periferia, agregue usted más tiempo para desplazarse en vehículos tan pintorescos como el cablebús o las emocionantes combis, donde la vida vale lo que un teléfono celular debido a los constantes asaltos. Tal vez hasta forme parte de alguna muchedumbre tratando de linchar delincuentes o aparezca en alguna bonita memegrafía.


¿Qué dice? ¿Que si tiene un auto propio no pasa las de Caín? Pues los dueños de autos tampoco la tienen fácil. De acuerdo a la empresa INRIX, un automovilista pasa 218 horas al año metido en el tráfico de la Ciudad de México, desplazándose a tortuosos 14 kilómetros por hora en horas pico. ¿Hay alternativas? Claro que hay, en la misma hora pico, bien podría usted montarse a una bicicleta y desplazarse a pasmosos 17 kilómetros por hora, lo cual no resulta muy atractivo si a ello le suma el riesgo continuo de morir atropellado.


218 horas al año es mucho tiempo. Equivale a 27 días de trabajo (recuerde usted que un mes hábil tiene 20 días de trabajo, así que hablamos de perder más de un mes de trabajo al año). Con esas horas podría holgadamente cursar cualquier diplomado o innumerables tutoriales para aprender oficios tan ajenos a nuestra carrera como estilismo canino; o se podría usted sentar a ver cuatro veces consecutivas toda la serie de Breaking Bad si quisiera. También se podría ir un mes entero de vacaciones.


Como los traslados no dejarán de realizarse, ni de ser una pesadilla, ¿Qué alternativa nos queda?


¿Alguien dijo Hyperloop? / Imagen: SyFy

Pues de una paleta algo escasa de elecciones, tenemos en los primeros lugares al trabajo remoto. Es decir, labore usted desde la comodidad de su hogar. Aunque puede que no sea tan cómodo, ni termine sintiéndose como en su hogar.


Los años maravillosos


El trabajo a distancia no es para todos. Y no estoy hablando de cirujanos, dentistas o meseros cuyo oficio exige interacción humana. No. Simplemente no es para todos porque cada quien alberga expectativas distintas en lo que se refiere al trabajo. Si desea saber si el trabajo remoto es para usted, hay que empezar por cuestionar con qué tipo de rutina se siente cómodo.


Puede que le suene a patología psiquiátrica, pero hay personas que son de lo más felices yendo, estando y viniendo de sus oficinas. Unas llevando el maletín negro y el tupper de comida; otras, apenas trabajando en oficinas de gobierno. Por comodidad, cercanía o tal vez porque la oficina sea el único lugar en sus vidas donde hacen amistades, gozan de tiempo en común, comparten felicidad y descargan tristezas.


¿Ha escuchado alguna vez la frase: "La secundaria es la etapa más feliz de nuestras vidas"? Pues algo de cierto hay en ello, porque justo en el corazón de la pirámide de Maslow (esa simplificación geométrica que nos dice lo que hace falta para que uno sea feliz), están la necesidades sociales: amistad, relaciones y afecto; por lo que hay una parte de la felicidad que está relacionada directamente con la interacción humana. Es decir, con que usted tenga relaciones con otras personas. Y para tener relaciones, no hay lugar como la escuela. (Le juro que no es una indirecta al Conalep).


En la escuela, usted pasará gran cantidad de tiempo con las mismas personas (9 horas diarias durante 3, 6 o 9 años consecutivamente) y puede que en toda su vida no vuelva a pasar tanto tiempo con las mismas personas. Especialmente con las altísimas tasas de rotación de personal que hay en talleres de arquitectura (pero de eso ya hablaremos en otro post), donde los proyectos muchas veces duran más que las personas que los llevan. Con todo ese tiempo, se llega a conocer bien a los amigos. En esos años escolares descubrirá el mundo, la madurez, el amor, la sexualidad... compartirá todas esas experiencias con personas en similares circunstancias. Ese fenómeno ocurre solamente una vez en la vida, y atravesar cambios tan profundos casi siempre forja lazos duraderos. Regularmente, las amistades forjadas en la escuela duran más años que las forjadas en empleos.


Amor de lejos


Ahora que hemos explorado parte de su infelicidad, nos damos cuenta gracias a ello que la interacción humana es necesaria para alcanzar la plenitud. Lo más común es que esa interacción se dé en el trabajo, y es precisamente una de las cosas de la que nos priva el trabajo remoto: interacción humana. Por tanto, habría que buscarla en otros lugares: sacando a pasear al perro, en el gimnasio, en clubes de ciclismo o de tejido a crochet.


Otro aspecto importante del trabajo remoto es que exige disciplina. Mucha disciplina. Es fácil caer en las garras de cualquier distracción, al fin y al cabo uno está en su casa, y si no se tiene un horario estructurado, es fácil sufrir desmotivación, depresión o desplazamientos del reloj biológico de lo más perversos: irse a dormir a las 4:00 a.m. y despertar a las 12:00 p.m. lo que puede mandar al traste muchas de las supuestas ventajas del trabajo remoto y lo vuelve una auténtica pesadilla: descubrir que al trabajar a distancia ya no hay un horario de trabajo que cumplir, sino que se trabaja las 24 horas.


Por ello, hay básicamente dos tipos de trabajo a distancia: el trabajo por objetivos y el trabajo por disponibilidad. En el primero, usted es aterradoramente libre: tendrá que convertirse en un gurú de la comunicación asíncrona y podrá trabajar por las noches, madrugadas o fines de semana, siempre y cuando cumpla con los objetivos entregables cada semana. Existe una sensación de libertad total, pero también de estar todo el tiempo en el trabajo si no se crea una rutina efectiva. Es el deporte extremo del mundo laboral y no es para todos porque es fácil terminar hecho pedazos.


Por otro lado, el trabajo por disponibilidad es algo más parecido al trabajo en oficinas pero desde su hogar: usted cumple con un horario estando "disponible" en caso de que un colaborador necesite estar con usted a través de una videoconferencia o una llamada. El trabajo se realiza únicamente en esas horas. También hay objetivos que cumplir y aunque tiene cierta libertad de levantarse de su silla y salir a comprar su despensa, es necesario estar disponible durante ciertas horas. Para los padres es un sueño si tienen hijos pequeños y a los jóvenes les permite ceñirse a una rutina diaria y no caer en la disfunción laboral.


Pero estos sistemas descansan sobre la tecnología. Para ambos, la comunicación a través de internet es obligatoria. De preferencia, internet de alta velocidad, pues es posible que su equipo de cómputo en casa no soporte Autocad o Photoshop, ya no digamos Revit o 3DMax, por lo que haya que conectarse de manera remota a un equipo distinto en las oficinas centrales a través de software de paga, como el ZCentral de HP o gratuito como Parsec o VNC Viewer (los que nosotros usamos en el taller). Es por eso que tampoco se es "tan libre" al trabajar de manera remota. Depende de su velocidad de internet. Este aspecto podría cambiar de golpe si Elon Musk tiene éxito en lanzar su sistema Starlink en México (sobre todo si ajusta sus precios), pues así, de golpe, usted sí podría trabajar de manera remota en la selva Lacandona o en la sierra Tarahumara. Incluso en hogares improvisados como campamentos o casas rodantes. Eso sí, siempre y cuando las condiciones de su hogar le permitan tener con dignidad, un pequeño espacio para el acto de trabajar.



¡Los lugares donde hay que trabajar! El pobre hombre que vive aquí apenas pudo improvisar un hogar con sobrantes de otras casas. / Fotografía: ArchEyes

Para talleres de arquitectura (o de rendering) y oficinas jóvenes, el trabajo remoto tiene ventajas: ya no hay necesidad de un espacio físico para albergar personas. Desde el espacio para trabajar hasta el pago de servicios y la compra del café desaparecen de un plumazo.

Si se elige mantener servidores y equipos de cómputo, se necesitará un espacio, pero uno muy distinto (y más económico) que el de una oficina.

También se abre la asombrosa posibilidad de contratar talento externo, no solamente fuera de la ciudad donde está el taller, sino del país, siempre y cuando tengan un huso horario similar. Podrían existir talleres mexicanos de arquitectura con personal en El Salvador, Panamá o Perú.


Esto funciona de maravilla para talleres pequeños o medianos, sobre todo para talleres jóvenes; sin embargo para talleres de arquitectura que han pasado por varios dueños con el mismo apellido, habrá que cuestionar el valor de cambiar de paradigma: volcarse al trabajo remoto, híbrido o simplemente esperar a que cierta normalidad regrese con el tiempo para rehabilitar las estructuras laborales que existían antes.


Pero aquí ocurre algo grave: ¿Qué tal si las personas eligen no regresar al estilo de vida que tenían antes? ¿Qué tal si les gustó la libertad y no desean perder nuevamente esas 218 horas al año yendo y viniendo de una oficina todos los días?


Aunque la oferta laboral siempre creciente, permitirá que los talleres de arquitectura sean quienes impongan las condiciones de trabajo (como siempre), puede que ahora alguien lo piense dos veces entre emplearse en un taller presencial o en un taller a distancia.

Imagine la cantidad de egresados en el país que podrían trabajar en cualquier taller de arquitectura sin tener que emigrar de sus ciudades, generando un ingreso que además se quedaría en la comunidad, no en las ciudades a las que emigrarían. Alejandro Aravena dice, y dice bien, que las ciudades no solamente acumulan casas sino oportunidades. Con un trabajo remoto bien estructurado (y esto es responsabilidad de la empresa) la oportunidad laboral no se quedaría en las ciudades, viajaría vía satélite o fibra óptica a la comunidad donde hubiera alguien interesado en aprovecharla. Porque el trabajo remoto no deja de ser trabajo: se capacita, se exige, se remunera y paga impuestos. Otorga libertad a cambio de responsabilidad y disciplina, pero sobre todo, conlleva un cambio estructural en el ritmo de vida que elegimos vivir. Y hoy más que nunca es posible elegir qué tipo de vida se quiere tener.



Acá dejo el link donde podrá leer o descargar de manera legal, la historia de Stephen King.