Enseñar arquitectura


"Mire, las famosas estrías en las columnas, ¿para qué están ahí? Para ocultar las uniones de la madera, cuando las columnas se hacían de madera, sólo que estas son de mármol... Sus griegos tomaron el mármol y copiaron las estructuras de madera, porque otros lo habían hecho así. Después vinieron sus maestros del renacimiento e hicieron copias en yeso de copias de mármol de copias de madera. Ahora aquí estamos nosotros haciendo copias de acero y cemento de copias de yeso de copias de mármol de copias de madera."

Howard Roark, El Manantial.



Es lunes por la mañana. Veo un correo electrónico de parte de la Academia Nacional de Arquitectura. Así dice el remitente. Si recibes un correo de un miembro de la academia es que has hecho algo bueno o algo malo, no es que envíen felicitaciones de cumpleaños. Pero reconozco el remitente y doy click en automático. Chin, sin leer el título. Es una mala costumbre que tengo, solo alcancé a leer Invitación a...


Mientras el disco azul gira me quedo pensando.

Invitación a... ¿a la presentación de otro libro sobre la ciudad?.. O invitación a... ¿suscribirse a nuestro boletín mensual?.. Invitación a... ¿a que deje usted de escribir tonterías?.. ¿Y cómo es que esta máquina tarda tanto en abrir un correo?


Se me invita al fin se abre el correo a participar como un egresado con méritos ejemplares (¿?) al foro que se tendrá sobre la enseñanza futura de la arquitectura, y a aportar ideas para configurar futuros programas de estudio en la materia.


Es un honor, sí. ¿Me siento honrado?, sí. Aunque no haya hecho nada en particular mas que egresar. Me envían el guion de mi participación con algunas preguntas. Habrá que pensar en respuestas competentes.


El futuro... y se me adelanta el pensamiento automático ¿Qué eso no pasó allá por el año 2000? ¿No se supone que vivimos ya en el futuro? Pues depende a quién le preguntes. La enseñanza futura de la arquitectura... La enseñanza futura... ¿Y qué diablos cambiará al aprender arquitectura? No, no hablamos de la arquitectura en sí, que esa ya cambia a conveniencia de las necesidades, sino en cómo la aprenderemos.


No recuerdo donde leí que la arquitectura era la segunda profesión más antigua. Hace cuarenta mil años, ¿se convertía alguien en arquitecto al decorar las paredes de una cueva o al cubrir con hojas su entrada? Y aquel que lo imitaba ¿se convertía en un aprendiz?


Porque desde que el hombre es hombre, ha tenido necesidad de resguardarse. Y desde ese momento han existido individuos cuya tarea ha sido la de crear o encontrar esas guaridas. De él ha sido esa tarea y de muchos otros, que permanentemente son sustituidos por otros más. Acarreando en cada relevo un manojo más de conocimiento. A base de pruebas y errores. Utilizando herramientas de la era en cuestión: piedras, hojas, troncos, textiles, hierro, acero. De una generación a otra. De un lugar a otro. De una persona a otra. ¿Qué ha cambiado en el fondo? ¿Será que sólo han cambiado las herramientas que usamos?


Piensa un segundo en la tinta. La tinta ya se usaba en Egipto dos mil quinientos años antes de Cristo para escribir sobre papiro. Los chinos la usaban desde el neolítico. Y hace algunos años, junto a muchos otros, fui testigo del momento en que la tinta que poco ha cambiado esos miles de años, fue reemplazada en nuestro oficio por algo intangible y fascinante: los pixeles. La tinta, cuya absorción de luz sobre papel la hace visible a los ojos, reemplazada por una pantalla de vidrio iluminada, donde la luz en un diodo simplemente se apaga para simular su negrura.

Un elegante fin para un ciclo de cuatro mil quinientos años. Eso debiera ser un acontecimiento importante visto en perspectiva, ¿no?


Pues no. No lo es. Porque fue solo un cambio más en las herramientas que utilizamos. Un cambio de forma, no de fondo. Así como cambiar plumas de ave por bolígrafos, o pergaminos por papel bond. Ese tipo de cambios plagan el oficio, y a diferencia del reemplazo de la tinta, vienen ahora en ciclos de obsolescencia programada.


Entonces ¿hay algo que no haya cambiado al enseñar arquitectura? Porque si algo no ha cambiado en miles de años, ¿no será poco probable que lo haga en un futuro? Algo debe existir aún desde el momento en que indígenas europeos aprendieron a levantar piedras y adintelarlas en Stonehenge. Desde que los nahuas Calquetzanis "Los que construyen casas" enseñaban en los Calmecac utilizando los tetlepanquemecáyotl (libros especializados en la construcción). Desde los Vchutemas constructivistas hasta la Bauhaus de Gropius, y sí, resulta que sí lo hay.


Es la permanente relación entre un maestro y un alumno.


La mejor maestra de arquitectura siempre será la historia. Ella encumbra o desdeña. Reivindica o condena al olvido. Pero la figura del instructor, del mentor, existe desde los decoradores de cuevas.

Tal vez instruir sea la tercera profesión mas antigua. Es la manera más eficaz que tenemos para transmitir conocimiento y experiencia. Esa transferencia de experiencia es lo que nos enseñó cuales plantas se consideraban alimento, cuales nos curaban y cuales podían matarnos. Es la que nos hizo desarrollar estrategias para cazar grandes presas o para reconocer astros en el cielo.


Hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, el maestro no comparte el mismo lugar físico que el alumno, y probablemente esto se vuelva una constante en el futuro, conforme tecnologías enfocadas en telepresencia adquieran la capacidad de replicarnos en la distancia. De simularnos en otros lugares —otros planetas, quizá—. Así como los pixeles en la pantalla simulan tinta. Así como las columnas de acero de Roark simulaban columnas de madera. Denunciar lo que para él era una traición a la evolución del oficio le valió la expulsión de la academia. ¿Será que hay más mérito en ser expulsado que en egresar?